El vestido anaranjado

Posted by Francisco Hergueta On 10:37 0 comentarios

Juegas a llamar mi atención.

Juegas con la luz del sol que entra por la ventana, con la brisa que mece las cortinas; que mece tu cabello.

Sentada sobre la cama de sábanas de colores, te haces la despistada mientras mueves tus piernas cruzadas. Tu sandalia negra adornada con ramitas plateadas amenaza con caerse, tú la haces chocar suave y deliberadamente una y otra vez contra la planta de tu pie. Curioso compás de espera el que hacen tus pies. Y es que tus pies lo evocan todo.

Me miras, vuelves la vista a un lado. Tus ojos se entrecierran con picardía, tensas la boca en un amago de sonrisa juguetona, traviesa. Muerdes sutilmente tu labio inferior. Y ese vestido anaranjado de verano que llevas puesto comienza a volverme loco.

Imagino que te tumbo en esa cama, que mezclo tu vestido con las sábanas de colores y que arqueo tu cuerpo para besar tu cuello muy despacio, como a ti te gusta. Y tú… Tú juegas a provocarme.

Me miras. Te recuestas sobre los codos y tu melena a ondas cubre parcialmente tu rostro de manera graciosa, pero yo sé que esa sonrisa juguetona sigue ahí, esperando, retándome.

Cierro los ojos un instante y me veo sobre ti, arrancándote ese vestido anaranjado y jugando con tus senos en mi boca. Lamiéndolos una y otra vez. Amasándolos con mis manos, moviendo mis dedos para rozar tus pezones. Te imagino jadeando, imagino tu cabeza echándose hacia atrás y dejando a la vista tu cuello, tu garganta. ¿Muerdo tu cuello?

Ríes. Descruzas las piernas. Las separas con una ligera y musical risita que llena el cuarto. Las separas lo justo para que ese vestido corto anaranjado de verano que llevas se descuelgue, tapando la visión de lo que escondes.

Sé que no llevas nada debajo. Sabes que sé que no llevas nada debajo.

¿Y ahora te tumbas? Estás yendo demasiado lejos. Cierras los ojos y juegas a acariciarte con los pies. ¿Te he dicho ya que tus pies lo evocan todo?

Eres mala. Dejas caer tus sandalias al suelo y flexionas las piernas, cuidando de que tu vestido tape lo justo, de que muestre solo lo que tú quieres mostrar. Eres una experta.

Yo sigo imaginándome sobre ti, jadeando mientras te penetro, mientras te mueves debajo y me sonríes de manera sensual, provocadora. Te imagino enroscando tus piernas sobre mi cintura. Y te imagino exhalando tu aliento sobre mi cuello y erizando mi piel. ¿O es tu piel la que se eriza?

¿Ves? Ya lo has conseguido, ya me he levantado cuando te has puesto boca abajo, has flexionado tus piernas y has cruzado tus pies en el aire, balanceándolos. Ya has conseguido que ese vestido anaranjado tape hasta algo más arriba de la mitad de tus muslos. Pero no te lo pondré tan fácil, aunque a estas alturas ya me he rendido. Y tú lo sabes.

¿Y si me acerco y alzo ese vestido muy despacio con las yemas de mis dedos? ¿Eso te gustaría? Mejor ni lo pregunto. Claro que te gustaría. Y, mientras lo hago, tú llevarás un dedo a tu boca y lo morderás, mirándome y volviendo a llenar después la estancia con tu risa musical y cantarina. Me tienes calado, me tienes completamente calado.

¿Sabes cómo acabará esto? Acabará contigo sobre mí, moviéndote con ganas, amasando tus propios senos mientras te relames los labios, mirándome. Tu vestido anaranjado terminará arrugado en el suelo, haciéndole compañía a tus sandalias negras con ramitas plateadas. Acabará con nuestros cuerpos dibujando posturas sobre las sábanas de colores. Acabaremos gritando y sudando. Y tendré tanta sed que no me bastará con beber de tu boca, también querré beber de tu sexo. Pero eso tú ya lo sabes.

Y ahora, como leyéndome el pensamiento, clavas tus ojos en mí y paras de balancear tus pies justo en el punto más alto. Yo me acerco, rodeo la fortaleza que ahora es la cama y sobre la que tú reinas. Sopeso las distancias, calibro las miradas. Hay que ir con cuidado.

Tú esbozas la enésima sonrisa. Pícara sonrisa. Pícara tú. Quieres el santo y seña. De otro modo jamás podré acceder a la fortaleza que ahora es la cama y sobre la que tú reinas. Pues aquí la tienes. Apoyo mis rodillas sobre el colchón y cazo uno de tus pies. Sientes cosquillas, pero aguantas quieta. Yo deslizo mi dedo índice sobre el empeine y hago que tu piel se erice. ¿Ya has cerrado los ojos? ¿Ya gimes? Hago que tu pie se flexione, apuntando con los dedos hacia arriba, y recorro uno de tus dedos con la punta de mi lengua. Y Ahora soy yo quien sonríe con toda la picardía del mundo y me dispongo a conquistar tu fortaleza.

Bendito vestido anaranjado. Bendito verano.


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