La gata

Posted by Francisco Hergueta On 12:17 0 comentarios

Él entró en su apartamento, dejó las llaves sobre el aparador y se quitó despacio la chaqueta, envolviéndose del pesado silencio que reinaba en aquel lugar.
Caminaba despacio sobre la moqueta gris. Sus zapatos, negros y elegantes, parecían levitar sobre el tupido pelaje, llevándole hasta el sofá, donde se dejó caer. Ni siquiera le apetecía tomarse la copa de ginebra que solía beberse cada noche. Bueno, sí le apetecía, pero no tenía ganas de preparársela.

Miró a la derecha del sofá y acarició el cojín vacío, como si este aún guardase algunas briznas de calor. El resto de muebles le parecían banales y prescindibles, como todo lo que allí había. Todo excepto el sofá. Y la cama.
Y es que, desde que su gata se marchó, nada era lo mismo. En su memoria estaba fresco el ritual con el que cada noche ella le recibía, un ritual cargado de sensualidad y erotismo en el que su gata le preparaba la copa y se la servía. Así empezaba el juego.
Podía recibirle en pantalones cortos y camiseta, en pijama, ataviada con un vestido elegante o en ropa interior. Podía prepararle la copa estando completamente desnuda y servírsela de puntillas, pero siempre con ambas manos y mirando al suelo al hacerlo. La gata sabía muy bien qué hacer.

Cerró los ojos y aspiró el aroma de la estancia. Seguía oliendo a sexo; a dominación. A ginebra. A placer y a sudor.
Si se concentraba lo suficiente podía escuchar incluso el sonido de los azotes. Tenía memorizado cómo sonaba la palma de su mano contra la piel de su gata o el enloquecedor golpe de una vara contra el trasero de ella. Escuchaba el restallar del cinturón o las cuerdas tensándose alrededor de su cuerpo. Ocultos entre los cojines permanecían los jadeos de ella o sus lágrimas mezcladas con saliva cuando apenas podía respirar debido a la mordaza.

Pero si una imagen permanecía clara e inalterable en su retina era la de su gata. La recordaba desnuda, tumbada boca abajo en el sofá mientras se tomaba una foto. Su media melena lisa y rubia le caía delante de los hombros, excepto la que se perdía en su espalda. Hundía los codos en el cojín y sus senos se quedaban entre los brazos. La curva que su columna vertebral dibujaba hasta llegar a su trasero era perfecta, y las redondeces de este le volvían loco. Lo recordaba como un lienzo de piel blanca sobre el que dejar con azotes su marca. Los muslos, juntos, protegían la visión de su secreto. Las piernas flexionadas y entrelazadas terminaban por darle ese toque de niñata caprichosa. Podía recrear milímetro a milímetro los pies, una de las partes favoritas del cuerpo de su gata. Sus tobillos, el empeine, la forma de los dedos… incluso el tono algo más rojo y oscuro que las plantas de los talones tenían en comparación al resto de la planta.
Su sonrisa, su risa y el color de sus ojos le acompañarían siempre.


Ahora ya no estaba y le tocaba asumirlo; las gatas, al fin y al cabo… son gatas.

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Póker

Posted by Francisco Hergueta On 18:07 0 comentarios


“A veces la Musa se cruza de brazos y te dice que no hay más inspiración hasta que no juegues con ella”

¿Sugieres jugar una partida de póker mientras barajeas las cartas? Ya has tomado esa decisión, juguemos.
Te tomas tu tiempo para mezclarlas y para repartir. Cinco cartas, póker clásico. Supongo que un descarte. Observo detenidamente mi mano: pareja de treses, el As de diamantes, un dos y el Rey de Corazones.
Esta última la tiro al instante, demasiado obvio para ti. Demasiado típico para ambos. Desecho también el dos. ¿Por qué? No me gusta que solo sea dos, ya sabes que quiero más.
Observas las tuyas con una sonrisa lasciva en tu cara, con esa sonrisa lasciva. Ya está, ya has empezado a desarmarme con tu psicología de sonrisas y miradas. Me preguntas que si “voy” antes de darme mis cartas. Claro que voy. Y me resto.
Uso las gotas de sudor que brotan de tu espalda como fichas, las subo con el dedo hasta tu nuca, deslizando la yema de mi dedo índice por la línea ascendente que marca la columna hasta tu cuello.
Ya sabes que no es fácil jugar al póker contigo, y más cuando estás tumbada boca abajo, con las piernas encogidas y flexionadas.
Desnuda. En tu cama.
Sigues con ventaja, tú estás desnuda y yo no. Pero me he restado, he puesto todas mis fichas y me he quitado toda la ropa. Y ahora quiero mis cartas.
Pareja de damas.
Sonrío, te las muestro. Tú te enfurruñas y…
Yo me tiro.
Tú te tiras.
Él y ella… ¿a quién le importa si se tiran?
Nosotros nos tiramos, mutuamente.
Ellos…. Se retiran.
No me mires así, no tenses tu boca, no entornes tus ojos. O hazlo. Pero muérdete el labio inferior.

¿Te restas?

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El vestido anaranjado

Posted by Francisco Hergueta On 10:37 0 comentarios

Juegas a llamar mi atención.

Juegas con la luz del sol que entra por la ventana, con la brisa que mece las cortinas; que mece tu cabello.

Sentada sobre la cama de sábanas de colores, te haces la despistada mientras mueves tus piernas cruzadas. Tu sandalia negra adornada con ramitas plateadas amenaza con caerse, tú la haces chocar suave y deliberadamente una y otra vez contra la planta de tu pie. Curioso compás de espera el que hacen tus pies. Y es que tus pies lo evocan todo.

Me miras, vuelves la vista a un lado. Tus ojos se entrecierran con picardía, tensas la boca en un amago de sonrisa juguetona, traviesa. Muerdes sutilmente tu labio inferior. Y ese vestido anaranjado de verano que llevas puesto comienza a volverme loco.

Imagino que te tumbo en esa cama, que mezclo tu vestido con las sábanas de colores y que arqueo tu cuerpo para besar tu cuello muy despacio, como a ti te gusta. Y tú… Tú juegas a provocarme.

Me miras. Te recuestas sobre los codos y tu melena a ondas cubre parcialmente tu rostro de manera graciosa, pero yo sé que esa sonrisa juguetona sigue ahí, esperando, retándome.

Cierro los ojos un instante y me veo sobre ti, arrancándote ese vestido anaranjado y jugando con tus senos en mi boca. Lamiéndolos una y otra vez. Amasándolos con mis manos, moviendo mis dedos para rozar tus pezones. Te imagino jadeando, imagino tu cabeza echándose hacia atrás y dejando a la vista tu cuello, tu garganta. ¿Muerdo tu cuello?

Ríes. Descruzas las piernas. Las separas con una ligera y musical risita que llena el cuarto. Las separas lo justo para que ese vestido corto anaranjado de verano que llevas se descuelgue, tapando la visión de lo que escondes.

Sé que no llevas nada debajo. Sabes que sé que no llevas nada debajo.

¿Y ahora te tumbas? Estás yendo demasiado lejos. Cierras los ojos y juegas a acariciarte con los pies. ¿Te he dicho ya que tus pies lo evocan todo?

Eres mala. Dejas caer tus sandalias al suelo y flexionas las piernas, cuidando de que tu vestido tape lo justo, de que muestre solo lo que tú quieres mostrar. Eres una experta.

Yo sigo imaginándome sobre ti, jadeando mientras te penetro, mientras te mueves debajo y me sonríes de manera sensual, provocadora. Te imagino enroscando tus piernas sobre mi cintura. Y te imagino exhalando tu aliento sobre mi cuello y erizando mi piel. ¿O es tu piel la que se eriza?

¿Ves? Ya lo has conseguido, ya me he levantado cuando te has puesto boca abajo, has flexionado tus piernas y has cruzado tus pies en el aire, balanceándolos. Ya has conseguido que ese vestido anaranjado tape hasta algo más arriba de la mitad de tus muslos. Pero no te lo pondré tan fácil, aunque a estas alturas ya me he rendido. Y tú lo sabes.

¿Y si me acerco y alzo ese vestido muy despacio con las yemas de mis dedos? ¿Eso te gustaría? Mejor ni lo pregunto. Claro que te gustaría. Y, mientras lo hago, tú llevarás un dedo a tu boca y lo morderás, mirándome y volviendo a llenar después la estancia con tu risa musical y cantarina. Me tienes calado, me tienes completamente calado.

¿Sabes cómo acabará esto? Acabará contigo sobre mí, moviéndote con ganas, amasando tus propios senos mientras te relames los labios, mirándome. Tu vestido anaranjado terminará arrugado en el suelo, haciéndole compañía a tus sandalias negras con ramitas plateadas. Acabará con nuestros cuerpos dibujando posturas sobre las sábanas de colores. Acabaremos gritando y sudando. Y tendré tanta sed que no me bastará con beber de tu boca, también querré beber de tu sexo. Pero eso tú ya lo sabes.

Y ahora, como leyéndome el pensamiento, clavas tus ojos en mí y paras de balancear tus pies justo en el punto más alto. Yo me acerco, rodeo la fortaleza que ahora es la cama y sobre la que tú reinas. Sopeso las distancias, calibro las miradas. Hay que ir con cuidado.

Tú esbozas la enésima sonrisa. Pícara sonrisa. Pícara tú. Quieres el santo y seña. De otro modo jamás podré acceder a la fortaleza que ahora es la cama y sobre la que tú reinas. Pues aquí la tienes. Apoyo mis rodillas sobre el colchón y cazo uno de tus pies. Sientes cosquillas, pero aguantas quieta. Yo deslizo mi dedo índice sobre el empeine y hago que tu piel se erice. ¿Ya has cerrado los ojos? ¿Ya gimes? Hago que tu pie se flexione, apuntando con los dedos hacia arriba, y recorro uno de tus dedos con la punta de mi lengua. Y Ahora soy yo quien sonríe con toda la picardía del mundo y me dispongo a conquistar tu fortaleza.

Bendito vestido anaranjado. Bendito verano.


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Champagne

Posted by Francisco Hergueta On 17:18 0 comentarios


Madrid, 3:13 de la madrugada.

La puerta del ascensor se abrió en la planta séptima. Yaiza fue la primera en bajar, seguida de Mateo y Aarón. Todo el edificio estaba en silencio.

Mateo abrió la puerta de su lujoso y exclusivo apartamento, cediendo el paso a la mujer. Esta sonrió galante y descalzó sus finos y preciosos pies de los tacones negros que llevaba. Soltó un leve gemido de alivio y entró, caminando despacio sobre el parquet en dirección al salón.

La joven, de unos veintiocho años de edad, rezumaba morbo a cada paso. Su vestido negro a juego con los tacones bailaba pegado a su cuerpo de manera perfecta. Era un vestido de tirantes, de generoso escote y espalda al aire. Su piel, ligeramente tostada, aún conservaba el aroma a perfume que horas antes se impregnó mientras se bañaba. Entró en el salón, soltando los tacones de su mano derecha sobre la gruesa moqueta de pelo gris oscuro y llevó la mano izquierda a su nuca, girando el rostro de medio lado y sonriendo a sus acompañantes de manera provocadora, con esa sonrisa leve pero que lograba clavarse. El pelo corto y ondulado permitía ver su cuello, el cual ahora se acariciaba como futura promesa.

Aarón iba tras ella, esbozando una fina y pícara sonrisa. Sus ojos verdes oliva recorrían el cuerpo de Yaiza. No reparó, mientras la seguía hacia el salón, en el pequeño aparador negro del pasillo ni en el enjambre de fotos que había colgado en la pared sobre éste. Fotos de los tres en diferentes sitios y en diferentes poses, pero siempre sonriendo y mostrando la enorme complicidad que se tenían.

Se quitó la chaqueta gris oscura y la dejó caer sobre un silloncito que adornaba un rincón de ese pasillo, entrando tras Yaiza al salón y dejándose caer en uno de los sofás oscuros con adornos cromados. Se notaba que tenía más o menos la misma edad de ella, y se notaba también que le gustaba cuidarse. Si bien en alguna de esas fotos salía con una poblada barba y con unas greñas castañas oscuras más descuidadas de lo normal, ahora iba perfectamente afeitado y peinado. Se recostó en el sofá mientras Yaiza buscaba el mando del equipo de música sobre la mesita gris oscura y metálica que había justo en el centro del salón.

Mateo cerró la puerta del apartamento y dejó las llaves sobre el aparador. También se quitó la chaqueta de su smoking y la dejó sobre la de Aarón, desabrochando a continuación sus puños y pajarita. Era un hombre de más edad, rondaría los treinta y cinco. Tenía el pelo castaño claro aunque algunas veces parecía rubio si le daba el sol. Siempre llevaba el pelo corto y barba perfectamente cuidada. Era un hombre atlético aunque no tenía el físico de su amigo. Pero su rostro seductor y sus labios carnosos y jugosos lo compensaban.

Se dirigió a la pequeña barra que tenía en un rincón, subiendo un escalón pues la estancia estaba a dos alturas. Sacó tres vasos de un mueble y se dispuso a preparar tres copas, esa noche de fiesta cara terminaría de la mejor de las maneras.

Yaiza pulsó los botones del mando y volvió a dejarlo sobre la mesita. Casi al instante comenzó a sonar muy suave y bajito “y nos dieron las diez” de Sabina, canción que ella misma se puso a canturrear, moviendo lentamente su cuerpo. Retó con la mirada a Aarón y él se removió en el sofá. Esa mujer no necesitaba nada, era como una diosa vestida de negro. Ni pulseras, ni joyas... Solo su vestido azabache y unos pequeños pendientes de oro blanco. Eso era todo. Y en ese instante lograba que el joven se mordiera su labio inferior.

—…Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Cántame una canción al oído, y te pongo un… Mmmm —en ese momento, mientras Yaiza devoraba con los ojos a Aarón y cantaba para él, Mateo puso una de las copas en su nuca y la bajó siguiendo la línea de la espalda hasta el inicio de sus nalgas. Eso erizó el vello de Yaiza e hizo que cerrara los ojos. Mateo retiró la copa y rodeó su cintura con ese brazo, mientras que con la otra mano acarició su cuello, envolviéndolo con los dedos y comenzando a dejar besos cortos y lentos en su piel, cerca de su oído, descendiendo.

Yaiza jadeaba despacio, dejándose hacer.

Aarón se levantó del sofá y cogió las otras dos copas, tendiéndole una a ella y dando un sorbo a la otra. Yaiza sonrió, mojó los dedos en su copa y alargó el brazo hasta Aarón, quien le devolvió la sonrisa con complicidad. De nuevo tomó ambas copas y las dejó sobre la mesa, arrodillándose y caminando a gatas hasta la diosa que en ese momento era devorada por los labios de Mateo. Llegó hasta su mano y lamió sus dedos mojados de licor, besando después su dorso y ascendiendo lentamente por su brazo.

Ambos hombres comenzaban su particular festín en el que ella era el plato principal… Y el postre.

—….Luego todo pasó, de repente, tu copa en mi espalda, dibujó un corazón, y tus manos le correspondieron debajo de mi falda…

Yaiza varió a propósito la letra de la canción. Mateo sonrió y dibujó un corazón en la espalda desnuda de ella con la copa empañada mientras Aarón colaba sus manos bajo su falda, acariciando despacio su piel y mordiéndose el labio inferior mientras la miraba. Bajaba  lentamente sus braguitas de encaje negro, tocando descaradamente sus muslos con sus manos y apoyaba su nariz en su sexo, aspirando su aroma. Ella alzó los pies para que él pudiera retirar las braguitas por completo mientras jadeaba cada vez con más intensidad.

Mateo dejó de besar su cuello, dejó de pasar su copa empañada por su espalda. Ella se quejó, pero solo fue un instante. El instante justo en el que Aarón dejaba unos centímetros entre su rostro y el cuerpo de ella y el instante justo en el que Mateo quitaba los tirantes negros de sus hombros, dejando caer el vestido al suelo y desnudándola.

—…Vosotros queríais dormir conmigo y yo no quería dormir sola… —y en ese instante, justo en ese instante, todo se desató.

Aarón, quien sostenía sus braguitas con su mano derecha, se pegó a su sexo y comenzó a lamerlo con fuerza, hundiendo su lengua en él y aspirando su aroma. La miraba a los ojos y ella le devolvía la mirada, separando un poco más sus piernas. Mateo paseaba la copa fría y empañada por sus senos, haciendo que sus pezones se endureciesen mientras su boca mordía y besaba su cuello.

Yaiza estaba desbocada, empapada. Sus manos se enredaban en los cabellos de Aarón, indicándole primero que lamiera su sexo, que hundiera su lengua y luego que picoteara su clítoris. Era como un juguete para ella.

Mateo se pegaba por detrás a su cuerpo. Bajo su pantalón negro de smoking podía notar su erección, presionando el inicio de sus nalgas. Podía notar incluso como palpitaba pidiendo salir. Y eso la volvía aún más loca.

—Átala —susurró Mateo separándose de ella. Aarón, antes de imitarle, hundió su lengua por completo en su sexo y lo recorrió de abajo a arriba, muy despacio, tanto que Yaiza le maldijo por lo bajo. Tomó las braguitas, sonrió relamiéndose y Yaiza le devolvió la sonrisa, inclinándose hacia delante y besando su boca con pasión, con total descaro. Él, mientras tanto, coló las braguitas por sus muñecas y las anudó, aprisionando sus manos. Cuando logró separarse de sus labios, ambos hombres hicieron que se arrodillara.

Atada, desnuda y arrodillada. La diosa estaba expuesta a ellos.

A dos hombres que la devoraban, que se recreaban en su cuerpo delgado, en sus formas sensuales. En su piel perfecta y perfumada y en su pequeña mata de pelo corto sobre su sexo. Una diosa a su disposición.

—¿Champagne? —Preguntó Mateo a Aarón, quien asintió. Ella enseguida se removió, inquieta, y les maldijo por parar en ese instante. Pero Mateo negó con la cabeza y retiró la pajarita desanudada de su cuello. La llevó hasta los ojos de Yaiza y la usó a modo de venda. Ella protestaba, pero todo era parte del juego. Se mordía con fuerza su propio labio inferior cuando todo se volvió negro.

La canción de Sabina acabó, los amantes que relataba no volvieron a encontrarse pero ella sabía que ese no sería su final, no. Ahora mismo, arrodillada y justo cuando acababa de escuchar una botella de champagne descorcharse, supo que todo aquello no había hecho más que empezar. Unos segundos más, en los que ella escuchó zapatos caer a la moqueta, amortiguando ésta su sonido. Más prendas al suelo. Unas mano que acariciaba su pelo, corto y ondulado, descendiendo hasta su cuello y otras manos que tomaban las suyas, levantándola.

Sintió el duro miembro de Mateo presionar su nuca e ir bajando a medida que ella se levantaba, recorriendo su espina dorsal hasta perderse entre sus nalgas cuando ella estuvo de pie.

—No hay copas —le susurró Mateo al oído—. Así que beberemos champagne de ti.

Al escuchar eso, Yaiza sintió como se empapaba y como le temblaban las piernas. Volvió a sentir la lengua de Aarón obrar maravillas en su sexo, mientras sus manos ascendían y tocaban sus senos, bajando hasta sus muslos. Mateo tiró de sus braguitas con una mano, liberando las suyas. Ella soltó un jadeo de alivio y se lanzó a acariciarles a ambos, pero Mateo lo impidió.

Ella no podía ver nada aún. Pero si sentir. Y sintió como Mateo tiró de su pelo hacia atrás, haciendo que arqueara su cuello. Y sintió el torrente frío y espumoso de champagne que él derramaba en su barbilla, dejando caer algo en su boca y haciendo que el resto recorriera su cuello, bajara entre sus senos, mojando sus pezones y terminara finalmente entre sus piernas, donde Aarón lo bebía gustoso junto a los jugos que ella rezumaba.

Se estaban poniendo perdidos, se estaban devorando.

Mateo lamía ahora su cuello, ella se arqueaba para dejarle lamer uno de sus senos mientras Aarón subía y lamía el otro. Ella retorcía sus brazos para tratar de abrazarlos a ambos, se dejaba caer en esa orgía de placer que ellos le daban.

Estaban bebiendo champagne de su cuerpo, pocas eran las gotas que caían sobre la moqueta gris.

Aarón hundió dos dedos en su empapado sexo.
Mateo hundió uno en su culo.
Ella gritó de placer.

—Folladme. Ahora. No me deis tregua, destrozadme —suplicó. Aarón le hizo un gesto a su amigo con el rostro y este asintió. Mientras Mateo la tomaba de la mano, el joven derramó lo que quedaba de champagne sobre la mesita metálica que había delante de los sofás. Yaiza se tumbó sobre ella y abrió sus piernas. Otra perversión más que aceptaría de buena gana.

Fue Aarón el primero. Agarró sus piernas y las colocó sobre sus hombros, penetrándola sin dar mayor tregua, tal y como ella exigió. Yaiza rompió a gritar, a jadear, mientras Aarón se movía con fuerza y la movía a ella, haciendo que su cuerpo resbalase sobre el metal debido al champagne que en ese instante actuaba de lubricante entre mesa y piel.

Metal frío, champagne frío y espumoso. Piel hirviendo… Aarón taladrándola. ¿Y Mateo?

No se hizo esperar, Yaiza sintió como su miembro reclamaba su lengua. Ella arqueó su cuello y dejó que él la penetrara también en la boca. ¿Había medida? No. ¿Había pasión, fuego, lascivia? Toda.

Ahora los tres eran una suerte de baile rítmico, de danza acompasada por los gritos guturales de ella y los bramidos de ellos. Música que ella acababa de tocar acariciándose a sí misma sus senos.

Y tampoco había tregua. Aarón y Mateo intercambiaron posiciones haciéndola girar sobre la mesita metálica. Los tres estaban empapados de champagne y de sudor, mejor, era el combinado perfecto.

Mateo imitó a su amigo y colocó las piernas de ella sobre sus hombros, embistiéndola con fuerza. Aarón llevó su polla hasta su boca y Yaiza pudo sentir el sabor de su propio sexo impregnado en ella.

Y de nuevo esa danza erótica y desfasada.

Y Yaiza “murió” sobre esa mesa al tener su primer orgasmo. Gritó, se tensó… y finalmente dejó caer sus brazos cuando le sobrevino el éxtasis. El dorso de sus manos acariciaba la moqueta mientras sus dos amantes no se cansaban de penetrarla, de cambiar posiciones.

—Los dos… —Susurró, volviendo como una diosa de entre los muertos. Aarón, quien en ese momento la penetraba, salió de ella e hizo que se incorporara, abrazándola a su cuerpo. Llevó sus manos hasta sus nalgas y la alzó como si de una pluma se tratara, llevándola hasta el centro del salón. Ambos se retorcieron y ella logró ensartarse en el miembro duro de su joven amante, comenzando de nuevo éste a penetrarla, alzándola y dejándola caer. Sus brazos musculados la sostenían, ella se enroscaba en su cintura con sus piernas como si fuera una serpiente mientras sus brazos rodeaban su espalda y su boca mordía su cuello.

Y Mateo no esperó. Con su miembro lubricado por la boca de ella, separó sus nalgas y penetró lentamente su culo. Yaiza sintió una punzada de dolor, el cual cesó inmediatamente dando paso al torrente de placer. Sabían moverse, Aarón aminoró la fuerza para que ella se acomodara mientras Mateo iba conquistando su culo. Él bramaba de placer, sintiendo como los músculos se cerraban alrededor de su pene, estrangulándolo.

—No puedo más —gritó, aumentando la fuerza de las penetraciones mientras Aarón hacía lo mismo. Tras esos segundos de acomode, ambos dos la penetraban acompasados, dentro y fuera como si fueran un mecanismo perfectamente ensamblado. Y ella les sentía a ambos, aferrándose al cuerpo de Aarón, arañando su espalda y mordiendo con fuerza su hombro, jadeando y respirando con intensidad.

Mateo sudaba, alargando todo lo que podía un orgasmo que ya era inminente, como el de Aarón, quien además de penetrarla la sostenía entre sus manos.

—Sí. Folladme. No dejéis nada de mí.

De nuevo, Yaiza moría entre los brazos de sus amantes. Una embestida más y su cuerpo volvió a tensarse y a estallar en un poderoso e intenso orgasmo. Y al contraer su cuerpo, Mateo vio doblegada su resistencia y gritó, corriéndose en su culo. Aarón también sintió los espasmos de Yaiza en su sexo y también se corrió, llenándola. Los tres llegaron al orgasmo perfectamente sincronizados, perdiéndose en ese universo de sensaciones y sintiendo a flor de piel cada segundo de la noche vivida. Sintiendo también el champagne de la moqueta gris mojar su piel cuando se dejaron caer sobre ella, hechos un ovillo. Yaiza besó sus bocas y acarició sus rostros. Reía con una sonrisa radiante.

                                                    ¿Sería el champagne?




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Tu boca

Posted by Francisco Hergueta On 22:29 0 comentarios

Es tu boca.

     La forma en que tensas los labios y perfilas tu cara. Tu mirada lobuna, negra, cuando entrecierras los ojos.
Tu boca de sonrisa fina, traviesa. Boca entreabierta que exhala gemidos.
Hablas sin palabras, vences. Rindes sin condiciones con el rubor rubí que muerdes.
Son tus ojos. Son tus labios.


Es tu boca. 

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Habitación 313

Posted by Francisco Hergueta On 10:52 0 comentarios


Podría ser la de un motel de carretera, la de un lujoso hotel céntrico o quizá la más sucia habitación de algún hostal perdido…
Podría ser verano, invierno, día, noche…
Y podría estar en cualquier lugar...
Pero era esa habitación, ese momento. En esa ciudad.
Tal vez ellos podrían culpar a las circunstancias de haber acabado allí, a un torbellino de casualidades que les habría arrastrado irremediablemente hasta esa habitación, pero los dos sabían que solo las decisiones tomadas por ambos tenían la culpa. ¿Y que mas daba?
                            
Fue ella quien entró en último lugar, cerrando la puerta que la esperaba entreabierta. Recorrió el corto pasillo, mirando de reojo a su izquierda. Allí estaba el baño, con una magnífica ducha que le dio unas cuantas ideas para pasar ese rato. Entró en la parte principal del dormitorio y lo recorrió con la mirada fugazmente: estancia amplia, con un pequeño mueble bar donde estaba la tele, grandes ventanales con las cortinas cerradas, dos mesitas… Pero enseguida fijó la vista en la cama, donde le esperaba él, tumbado de medio lado y completamente vestido. Eso le extrañó; entrecerró los ojos, preguntándole sin hablar.
—Ven. Túmbate —la voz de él surcó el aire en un susurro. Por su sonrisa pícara y su mirada lasciva, ella sabía que algo tenía preparado. Algún juego perverso, alguna maldad. Avanzó hasta la cama y se sentó a los pies, dándole la espalda y tomándose su tiempo mientras se descalzaba. Quería hacerle esperar y sufrir a partes iguales.
Dejó caer ambas botas al suelo y volvió a ponerse en pie. Miró la mesita de noche, donde descansaba una tableta de chocolate abierta y un calentador de porcelana que se usan para ambientar, con una vela encendida debajo.
—Mmmm, ¿chocolate? —preguntó ella con picardía, tumbándose de medio lado y mirándole. Pero el negó, y la colocó boca arriba, rodeando su vientre con su brazo izquierdo.
—El chocolate para después —hizo una pausa, acercándose más a ella—. Bienvenida.
Y alzó el rostro para besar sus labios. Ella siguió el beso rodeando con los suyos el cuello de él para atraerlo más. Ambas lenguas se entrelazaron con deseo y urgencias, ansiosas la una de la otra. La mano izquierda de él descendía como una serpiente por su vientre hasta llegar a sus vaqueros, los cuales desabrochó y bajó su cremallera. Aquella situación comenzaba a arder nada más empezar.
Ella comenzó a jadear, primero lento pero cada vez más intensamente a medida que el deslizaba los dedos entre sus braguitas, llegando a la vulva. Para colmo se entretenía en besar su cuello, en lamerlo muy sutilmente, dejando besos sonoros y cortos. Él movía los dedos en su sexo, notando cada vez más como se empapaba su entrepierna y como se removía inquieta en la cama.
—Shhh, solo déjame hacer.
—Joder, vas a matarme. Creí que ¡ahhh! —Gimió de nuevo, muy excitada—. ¡Creí que jugaríamos primero!
Él sonrió, mordiendo su oreja y aumentando la estimulación en su clítoris. Ella jadeaba cada vez más excitada, pues él sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Si eso era el principio, el juego previo… ¿Qué vendría después? Decidió no pensar, dejar su mente en blanco y que el placer la inundara.
Él seguía besando su cuello y moviendo sus dedos de manera acompasada. A pesar de estar los dos vestidos, de no haberse abrazado ni siquiera, aquella situación les estaba volviendo locos de deseo, les daba aún más ganas de tenerse de las que ya arrastraban desde hace tiempo.
—Vas a hacer que me corra.
En ese instante introdujo su dedo en su interior, sonriendo con malicia. Ella dejó escapar un grito de placer.
—Es lo que intento —le susurró como respuesta y, ahora sí, sus dedos comenzaron a moverse frenéticamente, estimulando su clítoris e introduciéndose en ella alternativamente. Los movía en perfectos círculos, o arriba y abajo, o dentro y fuera, mientras ella se perdía en su mundo de placer, dejándose hacer. Su vello estaba erizado debido a las caricias de él en su cuello. Con su lengua.
No aguantaría mucho más así. Gritó, jadeó… incluso lo miró con cierta fiereza, maldiciéndole por lo que le estaba haciendo.
Hasta que se corrió. Su cuerpo se tensó, convulsionándose y gritando con fuerza su nombre. Se mordió el labio inferior hasta marcárselo y abrió mucho los ojos, mirándole. El dejó el dedo en su interior mientras clavaba su vista en ella. Se había corrido.
Sacó sus dedos de su sexo muy despacio y los llevó hasta su boca, haciendo que ella probara sus propios jugos con lascivia. Los lamió, mirándole y provocándole.
—Uno a cero —sonrió, mirando su cuerpo aún prisionero del deseo. Ella entrecerró los ojos. ¿Era una guerra de orgasmos? Nunca habría imaginado una guerra de orgasmos. No le gustaban las guerras, hasta ese instante.
—Ahora sí, desnúdate —le pidió, sacándola de su ensimismamiento mientras le dejaba espacio en la cama. Eso la irritaba, esa paciencia casi eterna que parecía tener. Una parte de su ser hubiese deseado que la hubiese empotrado contra la pared nada más entrar en la habitación, que la hubiese devorado. Pero otra parte de ella, mucho más profunda y oscura, le deseaba justo así. Paciente, pervertido.
Ambos se desnudaron. Él estaba excitado y no se molestaba en ocultarlo. Dejó que ella se tumbase primero para poder tumbarse sobre su cuerpo, tomando el chocolate ya caliente y a medio derretir del quemador.
—Vas a volverme loca. Eres como un témpano de hielo que arde.
            Él sonrió, untando un poco de chocolate caliente sobre sus labios y lamiéndolos después para limpiarlos. Ambos gimieron ante el contacto, así que repitió la operación de nuevo, solo que esta vez la besó apasionadamente.
Ella rodeó su nuca con sus manos, atrayéndole más. Necesitaba ese beso, un beso cargado de deseo y sobre todo de ganas, un beso que llevaban esperando demasiado tiempo y que él, en un juego cruel, le había negado nada más verse para enloquecerla aún más.
Se mordían los labios en ese beso, entrelazaban sus lenguas en una lucha por colonizar la boca del otro, sus alientos se mezclaban con sus jadeos. Ella sujetaba su cabeza sin querer dejarle escapar y las manos de él bajaban, acariciando su cuerpo.
Ahora mismo, y mientras el chocolate se derretía ligeramente entre sus dedos, su deseo le ordenaba que la penetrara en ese instante, que saciara ese torbellino de ganas que le tenían muy excitado, pero se controló. Quería jugar con ella, quería devorarla, saborear cada centímetro de su cuerpo y memorizar cada jadeo que saliera de su boca. Separó sus labios de los de ella con una sonrisa pérfida y dejó una última lamida en la punta de su nariz.
—Te odio —susurró ella justo antes de que él dejara un rastro de chocolate en su cuello, para lamerlo acto seguido—. Mmmm te odio mucho.
Otro rastro más en su hombro, solo que esta vez le mordió. Su aliento era exhalado de manera quebradiza. Uno más entre sus pechos. Ahora limpió ese rastro con lamidas cortas. El vientre de él notaba como el sexo de ella volvía a empaparse. Unió sus pezones con una línea de chocolate. Se entretuvo incluso en jugar con ambos, rozándolos con el trozo de tableta.
—Cabrón…
Él sonrió y se lanzó a lamer sus pechos, goloso. Uno y otro, con la misma vehemencia. Los amasó con sus manos para seguir lamiéndolos, juntándolos y alternando su lengua. Ella se retorcía de placer, se empapaba y amortiguaba los gritos que luchaban por salir de su garganta.
Siguió lamiendo sus senos, la respiración de ella hacía que su pecho subiese y bajase con fuerza, pero él no daba tregua, lamía y mordía arrancándole oleadas de placer. Hasta que dibujó una flecha de chocolate en su vientre que apuntaba a su sexo.
Ella abrió los ojos súbitamente, alzando su cabeza para mirar lo que estaba haciendo. No dijo nada, solo se limitó a agarrar los cabellos de él con ambas manos y guiarlo en esa dirección. A la mierda la flecha, quería su lengua y su boca de inmediato y no aguantaría más jueguecitos.
—Impaciente —gruñó antes de lanzarse a devorar su sexo. No se molestó en preámbulos provocadores, hundió su boca como si fuera una fiera hambrienta. Picoteó, lamió e incluso mordió con sus labios su clítoris, para luego descender y recorrerlo con su lengua. La hundió y eso la hizo gritar.
Ella pegaba más la cabeza de su amante en su entrepierna, la movía con fuerza y él, aunque apenas podía respirar, seguía lamiendo y mordiendo su sexo, probando el néctar de la excitación.
Y al final, el deseo venció y ella soltó su cabeza a la par que él se despegó de su sexo. Ascendió por su cuerpo y la besó, mientras ella le rodeó la cintura con sus piernas justo cuando la penetró de un golpe. Ambos gritaron a la vez.
—¡Joder! —exclamó ella mientras él embestía con fuerza. Se miraban a los ojos, chispeando deseo. Él arrancaba besos de fuego de su boca al tiempo que la penetraba con fuerza. No había tregua, no ahora cuando por fin habían desatado la pasión.
—Más. No pares. ¡Más! —cerró los ojos, sintiendo el peso de su amante sobre ella. Era una sensación increíble, placentera, excitante, pero también quería moverse a su antojo y hasta ahora él había llevado las riendas. Se impulsó e hizo que ambos cuerpos rodaran en la amplia cama, quedando ella ahora a horcajadas sobre él.
—Me toca —sonrió con picardía y comenzó a bailar muy, muy lentamente sobre su cuerpo. Sentía el miembro de él completamente hundido en su sexo y eso la excitaba. Pero no se movería deprisa. No aún. Retorcía sus caderas haciendo círculos, bailando como si estuviera danzando de manera exótica, mirándole y mirándose sus pechos para acariciárselos después.
—¿Te gustan? ¿Quieres lamerlos otra vez?
Él bramó, impaciente. No quería pausas ahora y ella lo percibió, dejando escapar una risita malévola. De nuevo clavó su mirada en él y aumentó el ritmo, contrayendo los músculos de su vagina y haciendo que él viese aumentado así su placer. Cerró los ojos, jadeando.
Mientras acariciaba sus pechos, relamiéndose y botando más deprisa sobre su cuerpo, él llevó las manos a sus caderas, moviéndola a su antojo. Ella se dejó hacer, porque aumentaban la velocidad. La habitación se llenó con sus jadeos y sus gritos.
—No aguantaré mucho más
— ¡Cállate! —gritó ella, dejando caer sus manos al lado de su cabeza y apoyarse en la cama para continuar moviéndose. Se mordió el labio inferior, cerrando los ojos para disfrutar de aquellas maravillosas sensaciones. Ella tampoco aguantaría mucho más. A pesar del deseo acumulado, esos juegos previos no habían sido más que una olla a presión que ahora estaba explotando. Llevó las manos a su pecho, aumentando los gritos.
Él tensó sus músculos y llevó sus manos de sus caderas hasta su culo, apretándolo con fuerza. Sonrió y ella supo que su momento estaba cerca. Como el suyo propio. Esta vez, la guerra de orgasmos quedaría en tablas, lo supo en el mismo instante en el que la electricidad recorrió su cuerpo y la hizo arquearse hacia atrás, gritando de nuevo mientras él se corría, perdiéndose en sus propios gritos. Llegaron a la vez y él se vació en su interior. Y tras unos instantes, se miraron a los ojos, antes de que ella cayera desplomada a su lado.
—Dos a uno —susurró ella. Se giró de medio lado y acarició su pecho mientras dejaba besos cortos sobre su piel.
—Dos a uno —repitió él, con una sonrisa.
—Casi me matas antes con el chocolate. Creí que explotaría. No vuelvas a hacerlo, dios, sentía una presión enorme.
Él sonrió, casi riéndose. Era una maldad que quería hacer aunque había sentido exactamente lo mismo, tuvo que luchar contra su propio deseo para volverla así de loca.
Tras un rato bastante largo en el que ambos intercambiaron risas, caricias y confidencias más relajadas, él se levantó y entró en el baño para tomar una ducha. Tras la puerta entreabierta se escuchaba el agua caer. Ella se mordió el labio inferior, repitiéndose a sí misma que no podía perder esa guerra. Entró en el baño, desnuda, y se metió en la ducha con él.

—Ni por asomo pienses que vamos a quedar dos a uno. 

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